¡Sin transmasculinidades no hay movimiento trans!

Las mujeres trans hemos sido —y seguimos siendo— una fuerza incansable. Hemos puesto el cuerpo, el rostro, la voz quebrada, el grito, el canto, la rabia y la ternura. Durante años, enfrentamos a la policía, a los grupos antiderechos, a los medios, a la familia, al Estado. Abrimos camino en medio de la selva espesa de la transfobia con las uñas, con el alma, con lo que hubiera.

Y no. No vamos a borrar eso. Cada marcha, cada entrevista, cada espacio en el que hoy se habla de identidades trans con algo de dignidad, fue abierto con dolor.

Pero si algo he aprendido en este caminar es que la visibilidad no siempre es sinónimo de justicia. Y que muchas veces, cuando unas ganamos visibilidad, otras personas quedan en la sombra. Las luchas no son acumulativas ni automáticas; son relacionales, históricas, y también desiguales. Y si no somos conscientes de esas desigualdades dentro de nuestros propios movimientos, corremos el riesgo de replicar las mismas estructuras de silenciamiento y exclusión que tanto criticamos.

Por eso hoy escribo con la voz bajita pero firme, y con una certeza en el centro del pecho: tenemos que hablar, sin rodeos, de la invisibilización de las transmasculinidades. Y hacerlo no desde la culpa performativa ni desde el discurso que tranquiliza, sino desde el compromiso real con una justicia trans que no deje a nadie fuera.

Yo también he sido parte del problema. Yo también he ocupado espacios que no eran míos. He hablado en nombre de todes sin detenerme a pensar que mi voz podía estar eclipsando otras. He repetido, incluso con buenas intenciones, la lógica de un movimiento que se dice colectivo, pero que muchas veces ha estado centralizado en unas pocas narrativas, cuerpos, estéticas y experiencias.

Hoy quiero reconocerlo, y no desde la solemnidad sino desde la autocrítica. Y pedir perdón. No un perdón simbólico o vacío. Un perdón que se traduzca en decisiones concretas, en prácticas políticas que reparen, que redistribuyen poder, que nombren con justicia.

Porque los hombres trans y las transmasculinidades han estado siempre. Han estado en los movimientos, en las ollas comunitarias, en las calles.  Han tejido, han cuidado, han resistido, han sostenido procesos y comunidades. Han construido pensamiento y estrategias.

Y, sin embargo, muchas veces no les vimos.

O no quisimos escuchar.

O hablamos encima.

O asumimos que no era su tiempo todavía.

¿Pero si no es ahora, cuándo?

La crítica al cisexismo no puede dirigirse únicamente hacia afuera. No basta con denunciar a los sistemas de salud, jurídicos o culturales que nos han patologizado y violentado. También hay que mirar adentro. 

Hay un sexismo que habita dentro de nuestras propias luchas y que se cuela en nuestras formas de hacer política. Ese sexismo que insiste en replicar modelos de reconocimiento hegemónicos, que jerarquiza ciertas identidades trans por encima de otras, que exige masculinidades estables o invisibles. Ese que equipara erróneamente a los hombres trans con los hombres cis, negando sus experiencias particulares de opresión, precarización y borramiento.

Las epistemologías trans —esas formas de conocer y transformar el mundo desde nuestras vivencias encarnadas— nos enseñan que la justicia no puede venir desde arriba, ni desde el centro. Que lo trans no es solo identidad, sino también método, ruptura, posibilidad radical.Y desde ahí, debemos reconocer que hemos fallado. Que también dentro del movimiento hemos construido silencios. Que nuestras memorias están incompletas. Que nuestras estrategias deben cambiar si de verdad queremos hablar de transformación.

Hoy, en Colombia, estamos ante un momento histórico: la construcción de una Ley Integral Trans. Y quiero decirlo con todo el orgullo del mundo: esta ley ha sido tejida con manos transmasculinas en primera línea.

Hombres trans que han trabajado noche y día por un proyecto colectivo, que han puesto el cuerpo, la estrategia, la rabia, la palabra, la ternura.

Esta ley es diferente a muchas en la región porque ellos han liderado, han convocado lo común, y sus voces no fueron desplazadas. Nos están enseñando cómo se construye sin dejar a nadie atrás. Y eso marca un nuevo capítulo en nuestra historia.

Esta ley no es como otras en la región. Es una apuesta colectiva pensada para que nadie quede fuera. Y si tiene una potencia diferente, es porque no fue construida a costa del silencio de nadie. Porque entendimos, desde el inicio, que sin transmasculinidades, no hay movimiento trans.

Desde mi rol de Directora en la Liga de Salud Trans, he tratado de traducir estas reflexiones en decisiones reales. Sabemos que no basta con mencionar o incluir simbólicamente. Las transformaciones se dan cuando cedemos lugares, cuando redistribuimos los micrófonos, los recursos, las oportunidades, los cargos. Cuando no nos aferramos a los espacios de poder como si fueran propiedad personal.

Por eso, la Liga, una organización que trabaja por los derechos de las personas trans en Colombia, hoy tiene una política de contratación que prioriza a hombres trans, y transmasculinidades. Porque la justicia no se construye solo desde los discursos, sino también desde el acceso material: a un empleo digno, a un sueldo justo, a un liderazgo real.

También hemos apoyado económicamente a organizaciones comunitarias de transmasculinidades, sin imponer agendas ni condiciones, respetando su autonomía política, sus formas propias de organización, sus prioridades y sus tiempos. Porque entendemos que no se trata de “dar voz”, sino de reconocer que esas voces siempre han estado, y que lo urgente es dejar de silenciarlas.

Y, porque creo firmemente que la redistribución de poder implica también redistribuir recursos, nos hemos comprometido a conectar a los parches de hombres trans con financiadores. No para ser intermediarias ni voceras, sino para abrir caminos concretos donde históricamente se han cerrado puertas. Porque sé que no hay justicia sin acceso, sin sostenibilidad, sin autonomía económica. 

También hemos construido líneas de trabajo centradas en sus necesidades, saberes y horizontes. Líneas creadas y lideradas por hombres trans. No como un tema “pendiente” ni como una deuda marginal, sino como una prioridad. Nuestros litigios se enfocan en garantizar derechos sexuales y reproductivos, acceso a la salud integral, autonomía corporal, cuidado digno. Nuestros acompañamientos priorizan la prevención del suicidio y la reducción de daños, sabiendo que el dolor que han cargado muchas veces ha sido silenciado y deslegitimado.

Ahora bien, hay algo que necesitamos entender colectivamente: cuando las transmasculinidades exigen justicia, tenemos que aprender a no responder desde la sensibilidad herida. Cuando nos piden que nos callemos, que escuchemos, que dejemos de ocupar todos los espacios, no lo hacen desde el capricho ni desde una competencia por el dolor. Lo hacen desde la dignidad. Desde la certeza de que también son el movimiento. Desde el derecho a no ser desplazadxs una vez más.

Nosotras, mujeres trans, también tenemos que estar a la altura de ese momento político. Y no me refiero a “ceder por generosidad”, sino a entender que la justicia trans completa no se alcanza si seguimos siendo protagonistas únicas de una historia colectiva. La ternura política también se expresa en el silencio que deja hablar al otrx. En la retirada honesta que crea espacio para lo nuevo. En el reconocimiento de que compartir el centro no es una amenaza, sino una posibilidad. 

El movimiento trans no puede seguir siendo un monólogo. Tiene que ser un coro. Y ese coro tiene muchas voces: travestis, mujeres trans, hombres trans, personas no binarias. Todas necesarias. Todas valiosas. Todas legítimas.

Gracias a quienes no se fueron, aunque no les dimos el lugar que merecían, gracias a quienes están reconstruyendo el movimiento desde el borde, gracias a quienes están cambiando el centro sin pedir permiso.

Esta vez, no vamos a repetir la historia. Esta vez, la vamos a contar completa. Y la vamos a contar juntxs.

Y quiero decirlo con claridad: Esta columna no busca quedar bien. No es una pieza decorativa ni una declaración salvadora. No pretendo presentarme como la bien pensada, la sensible, la que ya entendió todo. Esto es apenas una reflexión en voz alta. Un intento torpe pero honesto de decir: lo siento. Y más que eso, es una forma de empezar, desde mi lugar, un proceso de reparación.