El desafío no son las certezas: son las preguntas.
Es difícil elegir palabras. Difícil elegir de qué hablar y cómo hacerlo. Más difícil todavía es aprender a creerse digna de oportunidades o prometer un sentido propio entre tanto ruido. Escribir hoy, aquí y ahora, es intentar abrir una grieta para nombrar aquello que no ha encontrado aún sus propias palabras para ser dignamente aludido entre la multitud de voces, espacios y enunciados de personas trans a quienes nos estremecen y nos movilizan las realidades impuestas. Abordar la historia propia para expandir este diálogo es, humildemente, lo más honesto que puedo ofrecer ahora que he elegido hacerme cargo.
Y “la historia propia” no es sólo la mía. Tampoco la de un cuerpo social profundamente heterogéneo como el movimiento trans, sino son los hechos que emergen de las relaciones entre personas que, por heridas comunes, se encuentran para luchar y organizar creativamente su rabia, su alegría y su tristeza, en un mundo cada vez más absurdo y confuso. Esto es, nuestra historia propia.
Quienes hemos reconocido en nosotres la herida de la transfobia sabemos que, aunque el dolor se comparta, la cicatriz nunca es igual. Cambia y se moldea según en dónde nacimos, en qué barrio crecimos, qué familia nos sostuvo o nos maltrató, qué escuela nos expulsó o nos acogió, qué territorio habitamos y qué decisiones tomamos. Las formas de existir y resistir como fugitives de la norma varían, y reconocerlo en lo cotidiano es vital, tanto en los espacios de encuentro como donde ocurren desencuentros. Recordemos que algún día nos llegaron a todes las mismas preguntas, pero reveladas de distinta manera: – ¿Soy trans?
A los 19 años sentí la urgencia de nombrarme nuevamente. Porque autonombrarse es resistir, es descolonizar, es hablar de salud mental, es declararse libre y soberane.
– Pero, ¿qué tipo de persona trans?
En principio, trans no binarie. Por devenir, por un proceso inevitable que comenzó cuando me encontré conmigo misme en relación con mis hermanes no binaries, quienes ya construían desde otros lenguajes: desde lo marika (así, con “K”), lo inconforme, lo marginal, lo desobediente; quienes no sólo cuestionaban el género, sino también la clase, la raza, la especie, la iglesia, la autoridad, la neuronorma.
Lo NB no fue para mí una etiqueta ni un pedazo de trapo: fue y es un manifiesto político radical, una declaración de que el mundo puede y debe ser menos rígido y más fiel a su propia naturaleza: la de la multiplicidad como principio vital de todo ecosistema. Porque desde que aparecieron comunidades travestis-no binarias en el Sur Global, las preguntas que nos han atravesado siempre fueron más allá de lo que llaman “disforia de género”. Tal vez porque la incomodidad ni siquiera venga del cuerpo mismo, sino de lo que han querido hacer con él: [re]producciones en masa de organismos vivos vaciados de contenido propio. Nos obligan a vivir y a reconocernos de determinada manera: hombres y mujeres, nada más, siendo eso resultado del proceso de colonización sobre nuestras tierras sudakas.
Tal vez porque en el noble, pero digno proceso histórico de construir movimiento trans, muches de nosotres nos hemos reafirmado en la evidencia de que el ser hombres y mujeres viene con la colonización y el aniquilamiento de nuestros ancestres, orishas y dioses polimorfos que carecían de género e identidades fijas. Y esto, ahora, nos está costando el placer y el goce de formar parte de un movimiento en el que hemos puesto todo de nosotres para fortalecerlo y fortalecernos, para construir libremente familias y comunidades autónomas, para llevar alimento a quienes lo necesitemos, para combatir el fascismo que hoy en día sigue creciendo y colándose hasta en nuestros propios espacios.
Eso quiere el Estado, eso quiere el capitalismo. Eso hacen los sistemas de opresión que buscan borrarnos: nos encapsulan para volvernos funcionales (Pinkwashing/Lavado Rosa), o nos exterminan —de lo simbólico a lo material— en nombre de las buenas costumbres, de la moral intachable, de la norma incorruptible. Nos arrebatan la autonomía para luego enfermarnos, patologizarnos y vendernos falsas curas al malestar psicoemocional.
Por eso, para quienes resistimos y creamos comunidades travestis y disidentes desde los márgenes, desde la frontera, desde los bordes, la pregunta es lo único que sostiene y sigue sosteniendo nuestros proyectos políticos y de vida. Por eso amamos el debate, y por eso – personalmente – elogio el conflicto como una oportunidad para detenernos y abrirnos a la sospecha: ¿Qué significa ser trans? ¿Qué es el movimiento trans? ¿Qué significa crear comunidad entre nosotres? Son preguntas que no deberíamos dar por hecho, sino respondernos constantemente en nuestra autonomía y en espacios íntimos de sana discusión, porque pareciera que para algunas personas trans, las personas no binarias o detractoras del género, somos una especie de Caballo de Troya en lo que considera “su propio movimiento”.
Como las feministas blancas y blanqueadas que insisten en que las mujeres trans no son parte del feminismo, “por no ser mujeres”. Así mismo actúan quienes consideran que las personas no binarias, agénero y abolicionistas de género deberíamos ser expulsadas de la misma causa ontopolítica que hemos forjado y que nos parió – curiosamente – en tiempos pre-coloniales y posmodernos. Porque las personas trans, travestis y sin género, hemos existido desde siempre en numerosas culturas y momentos de la historia, sólo que, con otros nombres, o incluso, careciendo necesariamente de ellos.
Es así como sostener la pregunta sobre el cuerpo y el género, desde una apuesta disidente, radical, anticapacitista, anticolonial y —en un principio— no binaria, ha sido una batalla constante dentro y fuera de los espacios trans, y es aquí donde quiero detenerme:
En el ínterin, se nos olvida muchas veces atender a la correlación que existe o puede existir entre identidades trans y neurodivergencias. Si buscamos cuidarnos y despatologizar por completo nuestra existencia, no podemos dejar por fuera la despatologización autista, esquizo, bipolar y, en general, de todo lo que la disciplina psiquiátrica, el Estado y el “contrato social” siguen nombrando como una anomalía, ya que muchas de las existencias trans/travestis/disidentes devienen de encarnar una experiencia neurodivergente, y es allí donde ubico muchas realidades cercanas, como la mía propia: la de no reconocerme en una identidad fija ni en un cuerpo estático, la de disputarme el sentido y el criterio de realidad; la de permitir el flujo constante de códigos sociales que se contradicen en apariencia, pero que se complementan entre sí cuando toman forma sobre un mismo cuerpo.
Soy travesti, ente-abstracto y marikón, por situación soberanamente política y no por imposición. Sacié el deseo de usar hormonas a mis 20, y desistí de las mismas al año por numerosas razones, entre esas, rebelarme contra la imposición médico-psiquiátrica que dicta que sólo las hormonas y cirugías te otorgan un “estatus real” de persona trans. Uso pronombres neutros, aunque realmente no me incomode que utilicen otros en tanto se comprenda genuinamente que no nací hombre, sino que me obligaron a serlo, aun cuando nunca cumplí con los estándares de uno verdadero.
No tengo destino porque mi tránsito es un camino inacabado y diluido en la incertidumbre. Soy organismo vivo que se niega a que otres le nombren, para así evitar sentirme presa de la conformidad, la funcionalidad y la pesadumbre. Constantemente me llegan preguntas a la cabeza sobre quién soy, sobre lo que implica nombrar mi propia existencia. Eso es lo que yo llamo ontopolítica, concepto que busco acuñar y que utilizo frecuentemente para atender y nombrar las circunstancias, modos y relaciones que permiten que alguien encarne determinada existencia o sujeción (de sujetarse, de ser sujeto, sujeta o sujete). Porque todo es político, nuestra existencia también lo es, y, por lo tanto, la manera en que nos nombramos y habitamos este mundo depende siempre de los contextos y circunstancias que nos atraviesan, pero también determinan el mundo que estamos construyendo.
Entonces, si nuestro suceder ontopolítico contrasta naturalmente a razón de nuestras historias personales ¿por qué seguir forzando diferencias o semejanzas donde puede que ni existan? ¿Cuáles son esas realidades que nos permiten encontrarnos, y cuáles hacen que nos distanciemos? ¿Cómo sostener la voluntad y los pocos espacios que tenemos y que hemos construido para nosotres?
La pregunta con la que invito a la reflexión pública y colectiva es: ¿estamos a la altura del momento que nos planta la historia? La de desafiar nuestras propias certezas y abrazar el conflicto como oportunidad de potenciarnos individual y colectivamente, entendiendo que la contradicción de la cual no logramos escapar, es una realidad potencialmente útil si la sabemos usar para cuidarnos, para forjar proyectos y dignificar las vidas de todas las personas trans y disidencias que nos resistimos a habitar un mundo profundamente violento y sediento de poder.
El desafío sigue siendo sostener la pregunta, atravesar creativamente la incertidumbre para así cuidarnos y cuidar de otres.