Votar por Abelardo de la Espriella es votar contra nuestras vidas.

Hay momentos en los que la neutralidad es violencia. Y hay otros —como este— en los que el apoyo explícito a un proyecto antiderechos no puede leerse como “pluralidad democrática”, sino como complicidad ética con el daño.

Hoy quiero hablarles a las personas LGBTIQ+ que están considerando votar por Abelardo de la Espriella. Y también a quienes, llamándose aliadxs, creen que el amor por sus amistades gays, lesbianas, trans y NB es compatible con apoyar un proyecto político que ha prometido, sin rodeos, desmontar los pocos derechos que las personas trans hemos conquistado.

No estamos ante una diferencia programática menor. Estamos ante un candidato que ha construido su capital político a partir de la producción sistemática de pánicos morales: la infancia en peligro, los supuestos “privilegios” trans, la amenaza a las libertades, el negacionismo científico. No es improvisación. No es torpeza. Es una estructura discursiva organizada, repetitiva y eficaz.

Judith Butler lo explicó con claridad: el discurso no es un simple conjunto de palabras. Es una práctica que produce realidad. Las palabras que hieren no se evaporan; sedimentan. Se repiten. Se institucionalizan. Cuando se repite hasta el cansancio que las personas trans somos “ideología”, “mutilación”, “peligro”, lo que se produce no es un debate: es un clima. Un ambiente saturado de sospecha y odio donde la violencia se vuelve pensable, justificable y, finalmente, practicable.

La eficacia del odio no depende de la calidad de sus argumentos, sino de su capacidad de saturación.

En lo que va del año han sido asesinadas más de diez personas trans en Colombia. No son cifras aisladas. Son vidas. Son nombres. Son historias truncadas. Son cuerpos que el Estado no protege y que una parte de la sociedad ya no reconoce como llorables. Butler, en Marcos de guerra, nos enseñó que hay vidas que el poder decide que no merecen duelo. Cuando un candidato nos ubica como capricho, como enfermedad, como amenaza, está contribuyendo a ese marco donde nuestra muerte no escandaliza.

¿De verdad creen que esto es solo “una postura política respetable”?

Dean Spade advirtió que el problema no es solo la ausencia de derechos, sino las estructuras administrativas que gestionan la vida y la muerte. Cuando se instala un gobierno que decide que nuestras identidades son ilegítimas, no solo se retira reconocimiento simbólico: se habilitan prácticas concretas de exclusión en escuelas, hospitales, juzgados, cárceles. Se normaliza la negación. Se burocratiza la violencia.

Y sin embargo, hay personas LGBTIQ+ que hoy dicen que votarán por ese proyecto.

¿Cómo nombrar esa decisión?

No me interesa el insulto fácil. Me interesa la pregunta ética. ¿Qué significa, como persona LGBTIQ+, respaldar a alguien que ha prometido quitarnos derechos? ¿Qué significa hacerlo sabiendo que los pocos avances que tenemos nos han costado sangre, cárcel, exilio, expulsión familiar? Nada de lo que hoy existe fue un regalo del Congreso de la República, una institución que históricamente ha sido incapaz de legislar con dignidad para una población que está siendo exterminada ante el silencio cómplice de buena parte del país.

Marlene Wayar habló de la furia travesti como una potencia ética, no como un berrinche. Furia frente a un sistema que nos quiere muertas o domesticadas. Furia frente a quienes nos piden paciencia mientras nos entierran. ¿Qué hacemos con esa furia cuando quienes deberían comprenderla la traicionan desde dentro?

Porque sí: es una traición política. Pero sobre todo es una traición de clase y de memoria.

Es cómodo apoyar a un candidato antiderechos cuando el privilegio de clase te protege. Cuando no eres la que ejerce el trabajo sexual en la esquina. Cuando no eres la persona migrante sin papeles. Cuando no eres la persona expulsada de su territorio. Cuando no eres la trans de pueblo a la que la policía casca todos los días. Las más jodidas —las putas, las personas racializadas, las migrantes, las rurales— no tienen el lujo de jugar a la provocación ideológica. A ellas la violencia sí les toca la puerta a diario.

El amor, escribió bell hooks, es una práctica ética, no un sentimiento abstracto. No se puede decir “amo a mis amigos LGBTIQ+” mientras se apoya un proyecto que los condena a la precariedad. No se puede hablar de libertad mientras se vota por quien quiere administrar nuestras vidas bajo sospecha permanente. Eso no es amor. Es autoengaño.

Y no me digan que debemos “respetar todas las posturas políticas”. No cuando aquí se está jugando con la supervivencia. No cuando se miente deliberadamente. No cuando se construyen campañas sobre falsedades que nos presentan como depredadoras de la infancia. No cuando la consecuencia directa es que la gente en la calle se sienta legitimada para golpearnos, insultarnos o matarnos porque “el líder lo dijo”.

Apoyar a Abelardo de la Espriella no es un gesto inocuo. Es respaldar un proyecto de país que quiere a las personas trans en la sombra, en silencio y con el yugo en la frente. Es también respaldar listas al Congreso con figuras como Jhonathan Silva, cuyo activismo se ha centrado en campañas de desinformación y odio contra los derechos trans. No se trata de matices. Se trata de un programa político que nos ubica como error a corregir.

Y esto también va para las marcas que cada junio se pintan de arcoíris: dejen de financiar y contratar a artistas que han vivido del público LGBTIQ+ mientras hacen campaña por candidaturas que buscan quitarnos derechos. No se puede lucrar con el orgullo y luego financiar el exterminio simbólico y material. No es coherente celebrar la diversidad en tarima mientras se promueve en las urnas un proyecto que quiere disciplinarla. ¡Qué vergüenza José Miel y Karoll Márquez!

Algunas personas creen que, si hoy la presa más fácil somos las personas trans, el resto está a salvo. Es una ilusión peligrosa. La historia es clara: cuando se normaliza el recorte de derechos de un grupo, el horizonte autoritario se expande. Después de nosotras vendrán por otras libertades. Siempre es así.

Esta columna no es un llamado al linchamiento interno. Es un llamado a la memoria y a la conciencia de clase. A recordar que nuestras luchas han sido colectivas. A entender que no se puede negociar con quien ha decidido que tu existencia es un problema. A preguntarnos, con honestidad brutal, de qué lado de la historia queremos estar.

No es diferencia política.
Es la línea que separa la dignidad de la complicidad.