Calma, no llores: la salud mental de las transmasculinidades en Colombia

La violencia psicológica, simbólica y estructural contra las transmasculinidades es una herida real. Un informe de la Unión Transmasculina Andina recoge datos escalofriantes que atraviesan nuestros cuerpos como pedazos de verdad: el 50,8 % de las transmasculinidades y el 41,8 % de las personas no binarias asignadas femenino al nacer han experimentado ideación suicida, las cifras más altas de todo el espectro LGBTQ+.

En Argentina, otro estudio sobre salud mental en masculinidades trans en el marco del XVI Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR demostró que el 47 % de masculinidades trans recibió un diagnóstico de salud mental. Entre ellos el diagnóstico de depresión con un 35,9 % y ansiedad un 33,7 %; además, el 65,1 % reportó autolesiones, y casi el 50 % intentó suicidarse en algún momento, con un 30,3 % repitiendo esos intentos en el año 2019. 

Hablar de salud mental en las transmasculinidades es abrir una herida que nunca termina de cerrar. Es hablar de un silencio impuesto, de un dolor que se acumula en el cuerpo hasta ahogarnos. En Colombia, en menos de 10 meses, las transmasculinidades lloramos a Daniel Montaño y a Liam Marín, dos menores de edad transmasculinos que no encontraron un espacio seguro ni en el Estado ni en la sociedad y se suicidaron.

El caso de Liam nos atraviesa de una manera insoportable: cuando le perdimos en la ciudad de Pereira, las cámaras de aquellos que observaban su dolor como un espectáculo captaron el instante exacto de su último suspiro. Esas imágenes, frías, sin nadie que interviniera, son también el espejo de lo que vivimos muchas transmasculinidades: un país que mira, que registra, pero que no sostiene. Ese suspiro nos duele como si lo hubiéramos exhalado nosotros mismos. Es el mismo aire que hemos contenido en noches de miedo, el mismo nudo en la garganta que conocemos, la misma pregunta que nos atraviesa: ¿vale la pena seguir?

La ideación y los intentos de suicidio son apenas la punta del iceberg. Detrás hay exclusión familiar, discriminación social, abandono médico y escolar. Lo que debería ser un derecho, la salud mental, se convierte en una carrera de obstáculos, con burocracias que responden con tecnicismos, con un Estado que guarda silencio mientras los cuerpos caen.

Pero la violencia no es solo externa. También está dentro, en los mandatos de la masculinidad hegemónica que pesan como cadenas. Al transitar, muchas transmasculinidades sentimos la presión de “validar” nuestra identidad mostrando dureza, ocultando lágrimas, callando la tristeza. Lo que en la feminidad se permite como llorar, hablar de emociones, pedir ayuda, en nosotros se vuelve un lujo prohibido. La sociedad nos dice “calma, no llores”, pero lo que exige en realidad es “sé varón, aunque te mueras por dentro”.

Ese peso es brutal: no solo luchamos contra la transfobia, sino contra un modelo de masculinidad que nos arranca la posibilidad de sentir y pedir ayuda. Y así la salud mental se quiebra, no en hospitales ni estadísticas, sino en habitaciones cerradas, en madrugadas solitarias, en silencios que matan.

Tras la muerte de Daniel, anterior a la de Liam, las organizaciones transmasculinas preguntaron al Ministerio de Salud por planes específicos de la Política Nacional de Salud Mental diferenciados para las transmasculinidades. La respuesta fue clara en su ambigüedad: no hay datos desagregados, no existen programas concretos, solo promesas futuras. Mientras tanto, seguimos sin saber cuántos de nosotros se quiebran en silencio, cuántos intentos de suicidio nunca entran en los registros, cuántas muertes no llegan a ser noticia porque ocurren en lo privado, lejos de los ojos de todos.

Y aun así, hablar solo de suicidio es reducir el problema. Hay otras formas en que la salud mental se erosiona: automedicación hormonal sin acompañamiento, precariedad laboral que devora la autoestima, soledad cuando la familia rechaza, violencia cuando repetimos los mismos moldes de masculinidad tóxica que tanto daño nos hicieron.

Las transmasculinidades vivimos en una encrucijada: ser visibles en un país que aún nos niega derechos, mientras cargamos con un mandato cultural que exige que ocultemos el dolor. En esa tensión nace la figura del Baby T. Extraído de una canción llamada así, de la autoría de Una Nota Perdida. Transmasculino que en Bogotá ha apañado desde el corazón y la resistencia a muchos chachitos, muchachitos, travitos, hermanitos trans. Baby T se convierte en nuestra jerga trans capitalina en la imagen de la fragilidad de las juventudes transmasculinas que intentan crecer en un entorno hostil. Baby T es el retoño que brota en el concreto, sin agua ni sombra, pero que insiste en abrirse paso.

Y frente a un Estado que responde con papeles, frente a familias que expulsan, frente a escuelas indiferentes y frente a una sociedad que exige dureza, nos queda la voz. La palabra que se transforma en poema, en arrullo, en grito. Porque el Baby T no necesita que lo obliguen a ser fuerte: necesita que le digan que está bien llorar, que quebrarse no lo hace menos, que cada lágrima que cae es prueba de que sigue vivo en un país que tantas veces nos quiere muertos.

Nombrar a Daniel y a Liam no es hacer mártires de dos muchachos. Es negarnos a aceptar que su muerte sea en vano. Es exigir que ninguna otra transmasculinidad tenga que elegir entre sobrevivir en silencio o rendirse en soledad. La salud mental no puede seguir siendo una promesa en el aire; tiene que ser un compromiso con acciones concretas, con programas, con recursos, con acompañamiento real.

Porque cada Baby T merece llorar, reír y sentir sin miedo. Merece que su fragilidad no sea castigo, sino reconocimiento. Merece que su vida sea celebrada. Merece vivir.

No queremos más puentes como lápidas, ni cámaras que graben sin intervenir. No queremos más obituarios, queremos cumpleaños. No queremos titulares de tragedia, queremos historias de alegría. No queremos más silencios, queremos gritos que se escuchen, risas que contagien, cantos que nos unan.

Y sobre todo, queremos que ese suspiro que Liam dejó en el aire, ese que sentimos en lo más hondo de nuestro pecho, no sea un eco que se repite, sino el último recordatorio de que ya no podemos callar más. Porque ese suspiro, ese llanto que nos dijeron que escondiéramos, es en realidad el grito más honesto de resistencia. Y también la promesa más clara de que otra forma de existir, más libre, más justa, más humana, es posible.